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“El gobierno de los Bienes Comunes”, una relevante aportación de Elinor Ostrom

Revisó alternativas de gestión de los Recursos de Uso Común diferentes a las del Mercado y del Estado

Elinor Ostrom nació y creció en la pobreza junto a su madre, durante los años de la Gran Depresión que empezó en 1929. Fue la primera de su familia en conseguir un título universitario a partir del cual desarrolló una trayectoria notable, a pesar de que, como ella misma admitía, la mujer no solía tener grandes aspiraciones laborales en esa época. En el curso de un postgrado se introdujo en el estudio de grupos de acción colectiva, observando cómo ponían a un lado sus diferencias para afrontar problemas en común. Y eligió este tema para realizar su tesis doctoral. Así comenzó su vasto análisis de la gestión de lo común, que duró 5 décadas.

Sabiendo que los sistemas de organización política son complejos, afirmaba que: “complejidad no es lo mismo que caos”. Y concluyó tras analizar y contrastar gran número de estrategias de gestión, que muchos de los problemas ecológicos que generamos y luego queremos resolver con tecnología, se solucionarían mejor con habilidad política y social. Se trata de administrar los recursos de los que dependemos, organizándonos para que un uso desmesurado no nos prive del mismo.

En ese sentido, Elinor Ostrom, dedicó buena parte de su labor como académica y docente de profunda sensibilidad social, a estudios socioeconómicos y ambientales que resolviesen y sintetizasen las actividades colectivas de gestión que se correspondían con un aprovechamiento óptimo de los recursos comunitarios compartidos. Porque los seres humanos somos capaces de interactuar para mantener a largo plazo y sin deteriorar, los recursos que son comunes. ​ Su obra culminó en el reconocimiento por parte del Comité del Premio Nobel en 2009, que la galardonó en el área de Economía.

El manejo de los bienes comunes, los derechos de propiedad, el capital social y la acción colectiva eran los elementos que incluía en su ecuación. Cómo acertar en el uso del capital natural para que se conserve la diversidad biológica y se asegure la subsistencia económica de los dueños de ese capital. Para ello consideró fundamental la capacidad de comunicación entre los individuos. Ese es el motor para la cohesión y la cooperación y confiere a la organización social un sentido profundo y amplio. Cuando esto no se da, se consiguen sociedades desiguales y conflictivas.

Decía el librero Paco Puche cuando presentó, en 2016, dentro de la colección de cuadernos de apoyo mutuo, la figura de esta politóloga estadounidense, que desde que le dieron el Nobel en 2009 no había conseguido encontrar su obra cumbre: “El gobierno de los Bienes Comunes” en ninguna librería española, afirmando socarronamente que la Academia la había ignorado por ser demasiado contrahegemónica. Y así es. Las lecciones que se extraen de su obra no casan bien con la escuela neoliberal (escuela de Chicago y su idea del libre mercado) que ha imperado en la enseñanza de la ciencia económica desde mediados del siglo XX, y que es aceptada e impartida en universidades de todo el mundo.

El trabajo de Elinor Ostrom constituye una magnífica aportación a la búsqueda de alternativas que permitan conservar la diversidad biológica y a la vez contribuir al desarrollo de las comunidades, sin destruir los sistemas y recursos naturales de los que dependen.

Sus investigaciones mostraron que una serie de fuerzas, más allá de las del mercado y los Estados, pueden generar una cooperación organizada, de grupos que utilizan recursos comunes. La distinción con el Premio Nobel fue también un reconocimiento tácito del valor del capital humano y del capital social de muchas comunidades indígenas y rurales que poseen sus propias formas de organización social, política y productiva. A la luz de su trabajo, cabe preguntarse por qué este capital humano y social y los valores en que descansan no son asumidos como el núcleo del desarrollo de un país. A través de sus estudios ha llegado a la conclusión de que hay soluciones alternativas a las planteadas por los teóricos del Estado o de la privatización, ya que estas no son, ni lo serán en el futuro, las únicas vías para resolver los problemas sobre el deterioro de «recursos de uso común». En muchos casos, tanto la gestión estatal como la privatizada han provocado la destrucción de los bienes comunes naturales, la devastación de los ecosistemas, ocasionando estragos en las especies y en la diversidad genética, además de erosionar el capital social de las comunidades dueñas.

Sus investigaciones son relevantes a la luz de los graves problemas socioambientales que afectan a la “aldea global” en que nos hemos convertido y de los esfuerzos que serán necesarios para alcanzar acuerdos de alcance mundial entre gobiernos.

Ostrom hablaba de “la trampa de la panacea”: No podemos pensar que hay un modelo de gestión universal aplicable a todos los casos y recursos, no hay una fórmula mágica, sino que es necesario analizar cada situación y asumir la diversidad ecológica y social, para adaptarnos a ella. 

 Además, Elinor Ostrom resalta la importancia de los actores locales en la solución de problemas ambientales globales. En ese escenario, Ostrom anima a promover el manejo comunitario de bosques y recursos hidrológicos, pesca y sistemas de irrigación, pastizales, etc. para que sean sostenibles en el largo plazo, porque se convertirán en vías de desarrollo económico autónomo para las comunidades dueñas o gestoras de las tierras, bosques, montañas, pastos… Independientemente de las capacidades técnicas de un país, reside en las comunidades que poseen los recursos forestales, hídricos, pesqueros etc. y en su cohesión social, sus conocimientos y sus sistemas de gobernanza, el uso sostenible del capital natural. La cohesión social de las comunidades es un elemento esencial para que se organicen y funcionen razonablemente; sin embargo, se somete recurrentemente a manipulación política o limitaciones de tipo económico o demográfico a estas comunidades.

El “manejo” del planeta de acuerdo con el criterio exclusivo del rendimiento económico de las empresas y la monetarización de todos los afanes humanos, están arrinconando a la humanidad en un callejón sin salida. Se niegan las necesidades colectivas no ligadas al mercado, ese que derrocha enormes cantidades de recursos finitos, y que excluye a grupos cada vez mayores de la población mundial.

Un modelo durable de desarrollo, modificaría profundamente los estilos de producción y de vida y las formas de consumo. Sería un modelo de reforzamiento de redes ciudadanas y de solidaridad.

Elinor Ostrom se refería al desarrollo sustentable como «un prerrequisito” para cualquier desarrollo futuro. Una sostenibilidad en los niveles local y nacional que contribuya a la sostenibilidad global.

En los países que poseen una elevada y ampliamente distribuida población rural, que depende de los bienes de los sistemas naturales para subsistir y que a menudo es dueña de las tierras donde se encuentran esos ecosistemas, la estrategia de conservar la biodiversidad «sin tocarla«, como proponen algunos conservacionistas, es un enfoque limitado para preservar la biodiversidad.

Sin embargo, los procesos diversificados y sostenibles de extracción de componentes de los ecosistemas, constituyen mecanismos para dotar de alternativas de sustento económico a los dueños de esos recursos y alternativas compatibles con la conservación de las características estructurales y funcionales de los ecosistemas, que son los factores determinantes para la provisión de los servicios y bienes ambientales que recibimos de los ecosistemas.

Elinor Ostrom diseñó un sólido marco conceptual para la gestión de los recursos comunitarios de bosques y áreas naturales en general, mostrándonos lo que descubrió observando y analizando el modo en que gestionan lo común diversos grupos humanos en diferentes lugares del mundo. Un legado que no debemos perder.

Publicado el 9 de febrero de 2021 en Blog Sostenible

Rachel Carson y su “Primavera Silenciosa”

En 1962 la escritora y bióloga marina Rachel Carson publicó “Primavera silenciosa”, una investigación sobre el uso generalizado de pesticidas, en donde denunció que los venenos utilizados se acumulaban en la cadena alimentaria, con enormes riesgos para la salud humana y terribles efectos para flora y fauna: “Polvos y aerosoles ahora se aplican casi universalmente a granjas, jardines, bosques y hogares. Productos químicos no selectivos que tienen el poder de matar a todos los insectos, a los “buenos” y a los “malos”, de calmar el canto de los pájaros y el salto de los peces en los arroyos, de cubrir las hojas con una película mortal para luego permanecer en el suelo. Todo esto, aunque el objetivo deseado puedan ser solo unas pocas hierbas o insectos”, escribió. Algunos autores habían sugerido anteriormente que los plaguicidas modernos planteaban peligros, pero ninguno escribió con la elocuencia de Carson.

Primavera Silenciosa no solo se enfocó en los peligros de los pesticidas químicos, fue una historia magistral sobre el mundo natural, convirtiéndose en uno de los primeros libros sobre ecología que impregna la cultura popular.

Carson había demostrado ser una escritora de gran talento, capaz de tomar material científico árido y convertirlo en una lectura interesante para el público en general. Al recibir el Premio Nacional del Libro dijo: “Si en mi libro hay poesía sobre el mar no es porque lo expresé deliberadamente, sino porque nadie podía escribir con sinceridad sobre el mar y dejar de lado la poesía”. En 1955 completó su trilogía de temática marina con The Edge of the Sea (“El borde del mar”), que se publicó inicialmente en The New Yorker y se convertiría en éxito de ventas.

Rachel era alegre, tierna y sosegada cuando escribió sus tres libros sobre el mar. Pero “Primavera silenciosa” es sobrio, más denso y mucho menos optimista sobre la relación entre nuestra especie y la naturaleza.

Contribuyó a un nuevo conocimiento del lugar que ocupa la especie humana en el mundo y a promover políticas y conductas para preservar ese mundo. Fue Rachel Carson la que ayudó, con su libro y su testimonio, a la creación, años después de su muerte, de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), a controlar el uso del DDT y de otros pesticidas, a la celebración del Día de la Tierra, a las leyes que se dictaron en muchos países del planeta sobre pesticidas, insecticidas, fungicidas, rodenticidas y productos similares y, en fin, al desarrollo del movimiento filosófico y político que hoy llamamos ecologismo. 

En “Primavera silenciosa” Carson trata, de manera precisa pero asequible para todos y con narrativa sencilla, la relación de la vida con el medio ambiente. Su libro era un grito al público lector para ayudar a frenar los programas públicos y privados que, mediante el uso de venenos, terminarían destruyendo la vida en la tierra. Para asegurarse de que se conocieran los hechos, los relata y los documenta con 55 páginas de referencias. Temía a los venenos insidiosos, que se propagan en forma de aerosoles y polvo o que se agregan a los alimentos, mucho más que a los desechos radiactivos de una guerra nuclear.

Carson aplaudía las alternativas al uso generalizado de productos químicos venenosos. Por ejemplo, señalaba el control exitoso de insectos escamosos con escarabajos mariquita en la «enfermedad láctea». Y es que, muy a menudo, las especies dañinas nuevas en un área dada, han dejado de ser un problema cuando aparecen o se introducen sus enemigos naturales o sus equivalentes. La lucha natural por la supervivencia puede mantener el número de plagas en un nivel bastante bajo. Este enfoque, como subrayaba Carson, rara vez crea nuevas plagas, mientras que las campañas de exterminio químico, a menudo lo hacen.

Era difícil refutar las declaraciones cuidadosamente documentadas de Rachel Carson. Pero fueron muchos los ataques de usuarios de biocidas por aquella época, defendiendo sus motivos y métodos. Esgrimían argumentos que, admitiendo el peligro de estos productos químicos, insistían en que las sustancias podrían ser útiles usadas correctamente. Evidentemente no hacían mención a calamidades observadas tras la aplicación de los venenos, como sí lo hacía con profusa documentación «Silent Spring». Y es que, además, el noventa por ciento de todos los insectos son buenos, y si mueren, los servicios que prestan se desvanecen de inmediato.

El libro menciona que en 1960 los ciudadanos privados de América invirtieron más de 750 millones Ֆ en venenos para matar insectos, ratas, peces no deseados, hierbas y otras “plagas”. Los gobiernos federales, estatales y locales gastaron una cantidad aún mayor para poner veneno en tierras públicas (incluidos bosques nacionales, parques y bordes de carreteras) y en propiedad privada (muchos de cuyos propietarios se opusieron vehementemente a dicho tratamiento). Comprensiblemente, los fabricantes, distribuidores y aplicadores de todas estas toneladas de productos químicos esperaban que aumentase la demanda de pesticidas. Para expandir sus negocios, invertían gran cantidad de dólares en investigación y promoción. Con una inversión financiera tan grande, necesitaban acallar las voces críticas.

Decía Carson: “Ninguna enmienda a la Constitución nos protege de este nuevo peligro. Si la Declaración de Derechos no contiene ninguna garantía de que un ciudadano esté seguro frente a venenos letales distribuidos por particulares o por funcionarios públicos, seguramente es solo porque nuestros antepasados, a pesar de su considerable sabiduría y previsión, no podrían concebir tal problema”.

No era probable que el Congreso americano, a menos que lo exigieran suficientes personas, votara las asignaciones para permitir que la Administración de Drogas y Alimentos controlase los residuos venenosos en los alimentos. Los dos criterios que los legisladores entienden son los votos y los impuestos. Pocos votos y pocos impuestos provenían de grupos naturalistas, como la Sociedad Nacional Audubon. Eran organizaciones (y sus revistas) de pequeña circulación y con poco dinero para gastar en educar e influir en los legisladores.

La industria química estaba alterando el equilibrio de la naturaleza. Y «Primavera Silenciosa” advertía que cantidades triviales de un veneno podían hacer que, cantidades triviales de otro fuesen repentinamente desastrosas; y los venenos almacenados en el cuerpo se toleran con buena salud, pero surten efecto dramático cuando una enfermedad disminuye la resistencia del cuerpo. A lo que la industria contestaba: “Cualquier daño causado por el uso de pesticidas está sobrecompensado por el bien que hacen».

La autora se enfrentó a uno de los problemas más graves que la Revolución Industrial, el siglo XX y las conductas de nuestra especie, han dejado en herencia al futuro, y a quienes vivan ese futuro en nuestro planeta: la contaminación y sus efectos. Rachel escribió en Primavera silenciosa que:

[…] por primera vez en la historia del mundo, todo ser humano está ahora en contacto con productos químicos peligrosos, desde el momento de su concepción hasta su muerte… Se han encontrado en peces en remotos lagos de montaña, en lombrices enterradas en el suelo, en los huevos de los pájaros y en el propio hombre, ya que estos productos químicos están ahora almacenados en los cuerpos de la vasta mayoría de los seres humanos. Aparecen en la leche materna y probablemente en los tejidos del niño que todavía no ha nacido.”

El libro se publicó por entregas en la revista New Yorker en 1962 y, avisada la industria agroquímica sobre su contenido, intentaron impedir su edición como libro. Los ataques fueron terribles, tanto a su libro como a ella misma. Dijeron que sus datos no eran de fiar, aunque nadie lo pudo demostrar. Llevaba cuatro años preparando el libro y, además de los textos que revisó, se entrevistó y mantuvo correspondencia con gran cantidad de científicos y expertos sobre el DDT y sus efectos. De ella se dijo que ni siquiera era doctora, como mucho una técnico que venía de la administración. Y tuvo que aguantar insultos y calumnias constantes. Un antiguo Secretario de Agricultura llegó a escribir, en una carta dirigida al Presidente Eisenhower (que luego se hizo pública), que “…como no se ha casado, a pesar de ser físicamente atractiva, probablemente es comunista”. ¡Extraordinaria crítica científica a falta de mejores argumentos!

Pero Rachel sabía cómo contar esa historia utilizando la información científica a la que accedía y compilaba, y seleccionó cuidadosamente su trabajo, ya que tanto ella como su editor esperaban que el libro fuera examinado de cerca por científicos y críticos. Eran 260 páginas de informes con historias atractivas, algunas de gente común que lidiaba con problemas químicos en sus comunidades, a las que Carson agregaría información científica o una explicación más detallada. Cargada de citas científicas para apoyar su presentación de informes, ilustrando conceptos más amplios, como el funcionamiento de las cadenas alimentarias y los sistemas ecológicos.

Así que cuando el libro se publicó, tuvo un éxito extraordinario. Llegaron los apoyos y los elogios, aunque siguieron los ataques. Incluso 50 años después, en 2012 y desde la revista Nature se le acusaba de provocar la prohibición del DDT en Estados Unidos en 1972 (en España se prohibió en 1971) debido a la difusión y popularidad de su libro. Una crítica que se centraba, sobre todo, en la utilidad del DDT en la lucha contra el mosquito de la malaria.

En realidad, nunca se prohibió el DDT en las fumigaciones contra el mosquito de la malaria cuando era necesario, y en muchos países se sigue utilizando con ese fin.  Carson nunca se opuso a la utilización de insecticidas, y en concreto del DDT, en el control de la malaria pero, sí que pidió más vigilancia en su uso.

Desde el punto de vista conceptual y biológico, Rachel Carson popularizó que nuestra especie no es dueña de la naturaleza, sino parte de ella como cualquier otro ser vivo. Lo aceptáramos o no, éramos, y somos, parte de esa naturaleza.

Primavera silenciosa era el compromiso de una mujer que pasó por una mastectomía en 1960 por un cáncer de mama, que se le diagnosticó mientras preparaba y escribía el libro. Murió dos años después de la publicación del mismo, en 1964. El cáncer de mama se asociaba a la exposición a productos químicos carcinogénicos y al DDT se le consideraba entonces un producto cancerígeno.

Carson pidió el establecimiento de alguna agencia reguladora independiente para proteger a las personas y al medioambiente de los peligros químicos, y afirmó que uno de los derechos humanos más básicos era el “derecho del ciudadano a estar seguro en su propio hogar contra la intrusión de venenos aplicados por otras personas”. Solicitó el control estricto de la fumigación aérea de plaguicidas, la reducción y eventual eliminación del uso de plaguicidas persistentes, y más investigación dedicada a los métodos no químicos de control de plagas. Con este libro consiguió que mucha gente se preocupase por la ética ambiental y ayudó a sentar las bases de una conciencia ecológica de masas, estableciendo la conexión entre lo que sucede en la naturaleza y la salud pública, especialmente si se trataba de un nuevo tipo de contaminación, invisible, que podía infiltrar la biología a nivel celular y molecular, acarreando daños acumulativos y generacionales a las aves, los peces y los seres humanos.

El próximo año se cumplirán 60 desde la publicación de Silent Spring, y ante el empeoramiento de las condiciones ambientales y sanitarias a nivel mundial, las nuevas tecnologías destructivas y el agotamiento de recursos, vale la pena recordar y valorar el trabajo pionero de Rachel Carson: “Todavía hablamos en términos de conquista. Todavía no hemos madurado lo suficiente como para pensar que somos solo una pequeña parte de un vasto e increíble universo”, había dicho Carson. “La actitud del hombre hacia la naturaleza es hoy de importancia crítica simplemente porque ahora hemos adquirido un poder fatídico para alterar y destruir la naturaleza”.

Carson ayudó a cambiar nuestra manera de ver el mundo y nuestro lugar en él.

Esta entrada se publicó el 14 de enero 2021 en Blog Sostenible https://blogsostenible.wordpress.com/2021/01/14/rachel-carson-primavera-silenciosa-pesticidas-biodiversidad/

Wangari Maathai, la Mujer Árbol: Semillas para cambiar el mundo

Bióloga y ecologista, políticamente algo anarquista, y con la conciencia clara de que desde la política hay que actuar para mejorar la sostenibilidad, la vida de la gente, y la de las generaciones futuras; y que eso depende del mantenimiento de los ecosistemas donde nacemos, vivimos y nos desarrollamos.

Más de 47 millones de árboles plantados gracias a su impulso. Su herencia incluye también una lección: la lucha por el medio ambiente es una suma de luchas. Puso bajo el mismo paraguas el desarrollo sostenible y los derechos humanos. Algo que ya nadie discute. A través de su trabajo como voluntaria en diversas asociaciones, le resultó evidente que la raíz de la mayoría de los problemas de Kenia estaba en la degradación medioambiental. «La paz en la Tierra depende de nuestra capacidad para asegurar el medio ambiente” afirmaba.

Maathai se situó al frente de la lucha por el desarrollo económico, cultural y ecológicamente viable en Kenia y en África. Ese fue el motivo que llevó al comité del Nobel de la Paz a su concesión a la primera mujer africana. Al recibirlo en Oslo, la que algunos bautizaron como la MUJER ÁRBOL dijo: «La industria y las instituciones internacionales deben comprender que la justicia económica, la equidad y la integridad ecológica valen más que los beneficios a toda costa».

Cuando recibió el Nobel, tenía 3.000 viveros atendidos por 35.000 mujeres

Wangari Maathai, (Kenia, 1940) tuvo una vida muy poco común para una africana de su generación. Aunque como casi todas las niñas iba a por agua, ella logró estudiar. Gracias a una beca, se licenció en Biología en Estados Unidos. Volvió a Kenia con la independencia recién estrenada en su país e inició el camino del activismo.

La primera doctora universitaria en África oriental, comenzó por dar la batalla en defensa de la libertad de cátedra en un país que se encaminaba hacia el autoritarismo y la corrupción.  Entró en la Asociación de Mujeres Universitarias, donde se luchaba contra de la discriminación salarial de las profesoras frente a sus colegas masculinos. Trabajó con mujeres del campo, cada vez más deforestado y con problemas como inseguridad alimentaria, malnutrición; falta de agua, de leña y de ingresos. Les decía: ‘Si no tenéis leña, plantad árboles». Surgía así el Movimiento Cinturón Verde. Las mujeres empezaron a gestionar semillas y a plantarlas. Primero en sus parcelas, luego en los terrenos públicos con el apoyo del Green Belt Movement.

Las batallas la llevaron varias veces a la cárcel. Su lucha -y la de sus miles de seguidores- evitaron que se construyera un rascacielos en el mayor parque de Nairobi o que se privatizara un espacio natural de la capital keniana para construir chalés.

Recibió el Premio Nobel de la Paz en 2004 por «su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz». En 1977 fundó el Movimiento Cinturón Verde (Green Belt Movement), por el que obtuvo en 1986 el Premio al Sustento Bien Ganado.

Maathai conectó sus ideas de recuperación ambiental con la necesidad de dar empleo a los parados, lo que la llevó a fundar una empresa dedicada a la reforestación. Así alentó a las mujeres de Kenia a crear invernaderos por todo el país, buscando semillas en bosques cercanos para sembrar árboles oriundos de la zona. Acordó pagar a las mujeres una pequeña remuneración por cada semillero que fuese plantado en otros lugares.

La relación entre mujeres y conservación de las semillas es algo transversal a distintas culturas y una base fundamental de la soberanía alimentaria. En muchos lugares son ellas las “guardianas de las semillas”.

El movimiento recibió fondos de la Sociedad Noruega de Silvicultura, del Fondo Voluntario para Mujeres de Naciones Unidas y esto permitió su expansión.

Naciones Unidas celebró la tercera conferencia de mujeres en Nairobi y Wangari organizó seminarios y presentaciones para explicar el trabajo del Cinturón Verde en Kenia. La conferencia ayudó a expandir la recaudación de fondos para el Movimiento Cinturón Verde y a que se estableciese fuera de Kenia. En 1986, con financiación de la UNEP, el movimiento se expandió por toda África y condujo a la fundación de la Red Pan-Africana del Cinturón Verde. Cuarenta y cinco representantes de quince países africanos viajaron a Kenia durante los siguientes tres años para aprender a realizar programas similares en sus países para combatir la desertificación, la deforestación, la crisis de agua y la hambruna rural. El gobierno de Kenia solicitó que el Movimiento Cinturón Verde se escindiera del Consejo Nacional de Mujeres de Kenia, al pensar que la organización debería enfocarse solamente en los asuntos de las mujeres, no en temas ambientales. Es como si quisieran separar el ecologismo del feminismo. Imposible.

Recibió diversos premios: Premio Ambiental Goldman y en Londres el Premio al Liderazgo en África.

También se preocupó de impulsar la democracia

Durante las elecciones de 1997, Maathai quiso presentarse al Parlamento. Le cuestionaron que diese ese paso, pero, parece razonable que fuese consecuente e intentase entrar en política para que su intenso activismo se tradujese en los cambios normativos que quería que se hiciesen desde la política.

En 1998, Maathai tras enterarse de un plan del gobierno para privatizar grandes áreas de tierra pública en el Bosque Karura a las afueras de Nairobi, y dárselas a partidarios políticos, como hiciera en el parque del centro de Nairobi, donde se pretendió construir un complejo de 60 plantas para albergar un centro de negocios, oficinas, auditorio, galerías, centro comercial y aparcamiento para 2.000 vehículos, manifestó su protesta mediante cartas al gobierno y a la prensa. Fue con el Movimiento Cinturón Verde a Karuna, a plantar árboles y a manifestarse contra la destrucción del bosque. A principios de 1999, con miembros del parlamento en la oposición, periodistas, observadores internacionales y miembros del Cinturón Verde volvieron al bosque a plantar un árbol en protesta. Fueron atacados sin que la policía interviniese, pero se filmó y el suceso provocó indignación internacional. Al mismo tiempo, hubo protestas estudiantiles en Nairboi hasta que el presidente anunció que prohibía cualquier adjudicación de tierra pública. Así ejercía su activismo político.

Pasado un tiempo, el gobierno volvió a adjudicar tierra pública a sus partidarios. Pero la figura de Wangari ya tenía el peso suficiente como para que sus luchas fuesen conocidas y defendidas.

Maathai volvió a presentarse al parlamento durante las elecciones de 2002, esta vez como candidata de la Coalición Nacional Arcoiris, que unificó a la oposición y derrotó al partido en el poder (Unión Nacional Africana Keniana). En 2003, fue nombrada ayudante del ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales, cargo que ejerció hasta finales de 2005. En 2012, tras su muerte, la Asociación de Colaboración en materia de Bosques ACB, un consorcio internacional de 14 organizaciones, secretariados e instituciones trabajando en problemas forestales internacionales, instauró el Premio Wangari Maathai paladines del Bosque para honrar su memoria.

En palabras suyas, la mejor recomendación:

…“No hay nada más bello que cultivar la tierra al anochecer. En ese momento del día en las tierras altas, el aire y la tierra son frescos, el sol se está poniendo, la luz del sol es dorada sobre las cordilleras y las copas de los árboles, y suele haber brisa. Mientras retiras las hierbas y presionas la tierra alrededor de los cultivos te sientes feliz, y desearías que la luz perdurara para poder cultivar más. La tierra y el agua, el aire y el fuego menguante del sol se combinan para formar los elementos esenciales de la vida y me revelan mi parentesco con la tierra…”

Publicado en Blog Sostenible el 12 de mayo de 2020

Lynn Margulis: La mujer que supo ver que el motor de la evolución es la cooperación

Mujer tenía que ser. De nombre Lynn. De vocación, estudiosa de los procesos que la vida desarrolla para progresar y evolucionar. Lynn Margulis (1938-2011) es la bióloga que nos proporcionó una de las teorías más revolucionarias de la historia de la evolución. En la década de 1960, esta bióloga estadounidense tuvo una idea revolucionaria sobre la evolución de la vida y el origen de las células: vio la simbiosis con el microscopio y se dio cuenta de que cada una de nuestras células era el resultado de la cooperación entre otras células más sencillas que se habían aliado para trabajar juntas. Lynn Margulis era microbióloga, genetista no convencional, divulgadora de la ciencia y, sobre todo, teórica de la evolución. Revolucionó la Teoría de la Evolución demostrando que la evolución ha actuado a través de la cooperación, gracias al funcionamiento de los organismos vivos en la simbiosis (asociación de organismos en la que hay beneficio mutuo: ambos sacan provecho de la vida en común).

Fue una persona influyente en la biología del siglo XX, y ello a pesar de que sus propuestas (en los márgenes de la ciencia establecida) le granjearon fama de heterodoxa, cuando no

de rebelde. Dedicó buena parte de su energía e investigaciones a proponer que la colaboración entre especies ha sido más determinante en la evolución biológica que la competencia, que era lo que proponía Darwin como motor de la evolución de los seres vivos: la lucha por la vida y supervivencia del más fuerte.

Es decir, lanza, a lo largo de toda una vida de investigación, un mensaje netamente ecofeminista. Su mensaje ayuda a configurar una mirada diferente de este mundo nuestro, y da luz a aspectos infravalorados, pero insoslayables si se quiere un tránsito que suavice el más que probable colapso de nuestra civilización.

Margulis llegó a una visión holística de este mundo global en el que todos somos interdependientes (no podemos sobrevivir aislados del resto de nuestros semejantes o fuera de la sociedad) y, por supuesto, ecodependientes (tampoco podemos pervivir sin tener en cuenta que dependemos de los ecosistemas naturales que son el soporte físico que nos sustenta). Las conclusiones que saca de las investigaciones que desarrolló a lo largo de su vida nos sirven de ejemplo para saber cómo desenvolvernos en este mundo vivo, que tanto hemos alterado, que funciona como un sistema complejo y al que tanto hemos perturbado.

Tuvo una cierta vinculación científica y emocional con nuestro país. Yo la conocí siendo estudiante de biología en una conferencia multitudinaria que dio en nuestra universidad. Me deslumbró la energía y lucidez con que exponía lo que claramente constituía una visión del mundo singular. Nos habló de la hipótesis Gaia sobre la que había discutido y debatido ampliamente con su creador, James Lovelock. Esa hipótesis considera a nuestro planeta como un organismo vivo. Por tanto, nos sirve para comprender el valor de los cuidados y la transversalidad del ecofeminismo. Lovelock, bioquímico inglés, fraguó la idea de que el ecosistema Tierra funciona como un superorganismo. Cuando Lovelock publicó la hipótesis de Gaia provocó una sacudida en muchos científicos, sobre todo en aquellos con una mente más lógica que odiaban un concepto que sonaba tan místico. Tanto más, después de que la llamara Gaia, por la antigua diosa de la Tierra.

Como Margulis relata en el prólogo de su libro Planeta simbiótico, no vio inmediatamente la relación de su teoría endosimbiótica con Gaia, pero finalmente concluyó: La hipótesis Gaia es ver la simbiosis desde el espacio.

Lynn Margulis colaboró con James Lovelock en el desarrollo de la teoría de Gaia. Cuando era entrevistada sobre ese tema, argumentaba que suscribía la frase de Nietzsche: “La tierra es un lugar muy bonito, aunque está afectada de una enfermedad: los humanos”.

En el libro ¿Qué es la vida?, Margulis invita a explorar científica y filosóficamente los enigmas en los orígenes de la vida. Por ejemplo, examina la conexión biológica entre muerte programada y sexo, la evolución simbiótica de los reinos orgánicos, la noción de la Tierra como un superorganismo y la fascinante idea de que la vida, no solo la humana,

tiene libertad de acción y ha tenido un papel insospechadamente importante en su propia evolución. Dicho con sus palabras:

«Así, vamos comprendiendo que, en realidad, la vida es un proceso material que cabalga por encima de la materia como una extraña y lenta ola, que es un caos artístico controlado, un conjunto de reacciones químicas asombrosamente complejo que empezó su andadura hace cuatro mil millones de años y que ahora, en forma humana, escribe cartas de amor y emplea computadores de silicio para calcular la temperatura de la materia en el nacimiento del universo. Descubrimos que la vida es, a fin de cuentas, algo aparentemente obvio: la celebración de la existencia.»

Con la inspiración de las reflexiones de Lynn Margulis, podemos imaginar cómo abordar la crisis global asumiendo los postulados que ella aplicó en biología y que han acabado siendo admitidos por la comunidad científica, tan reacia al principio. Es decir, evolucionemos cooperando y desechemos la competencia como motor.

En un artículo de Marga Mediavilla (reflexionando sobre el mundo y su deriva), también hacía referencia al valor de la cooperación, con un certero análisis sobre el camino por donde nos lleva la tecnología y las nuevas habilidades que se le otorgan a los robots. Me

pareció muy relevante la idea porque especulaba sobre la misma premisa. A saber: las habilidades adquiridas por la inteligencia artificial tienen que ver con la “percepción” de que la cooperación es la mejor estrategia para evolucionar, dando la razón a Lynn Margulis y contradiciendo a Darwin y su idea de que la evolución se desarrolla mediante la competencia. En sintonía con este planteamiento, el movimiento feminista es el mejor referente que podemos tener porque funciona en clave COLABORATIVA o COOPERATIVA.

En cambio, ¡aquí estamos! metidos en una dinámica de competencia de la que no sabemos salir. Decía Mediavilla: “Los robots han aprendido a cooperar entre sí para ser similares a los humanos, sin embargo, a los humanos no se nos permite hoy ese lujo”. Nosotros debemos someternos a la ley del mercado y jugar los juegos del hambre global que nos impone el capitalismo. Aunque los robots hayan conseguido grandes avances siendo cada vez más sensitivos, nosotros debemos ser insensibles al drama social del desempleo, insensibles al deterioro ambiental, insensibles a nosotros mismos. Aunque la ingeniería moderna está descubriendo las cualidades superiores de la cooperación, nuestra máquina económica tiene como único mecanismo la competencia.

Y el aprendizaje que se extrae es claro: tenemos que cooperar y ser muy sensibles al medio ambiente que nos rodea si queremos salir adelante y dejar atrás este modelo económico que está rompiendo los equilibrios de Gaia y poniendo en peligro nuestra supervivencia.

De momento estamos demostrando ser bastante torpes a la hora de cooperar y de solucionar los problemas globales. Con lo artificioso de la vida en la que nos desenvolvemos ¿acaso hemos perdido el motor evolutivo de la cooperación?

 

Entrada originalmente publicada en Blog Sostenible el 7/03/2019