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Lynn Margulis: La mujer que supo ver que el motor de la evolución es la cooperación

Mujer tenía que ser. De nombre Lynn. De vocación, estudiosa de los procesos que la vida desarrolla para progresar y evolucionar. Lynn Margulis (1938-2011) es la bióloga que nos proporcionó una de las teorías más revolucionarias de la historia de la evolución. En la década de 1960, esta bióloga estadounidense tuvo una idea revolucionaria sobre la evolución de la vida y el origen de las células: vio la simbiosis con el microscopio y se dio cuenta de que cada una de nuestras células era el resultado de la cooperación entre otras células más sencillas que se habían aliado para trabajar juntas. Lynn Margulis era microbióloga, genetista no convencional, divulgadora de la ciencia y, sobre todo, teórica de la evolución. Revolucionó la Teoría de la Evolución demostrando que la evolución ha actuado a través de la cooperación, gracias al funcionamiento de los organismos vivos en la simbiosis (asociación de organismos en la que hay beneficio mutuo: ambos sacan provecho de la vida en común).

Fue una persona influyente en la biología del siglo XX, y ello a pesar de que sus propuestas (en los márgenes de la ciencia establecida) le granjearon fama de heterodoxa, cuando no

de rebelde. Dedicó buena parte de su energía e investigaciones a proponer que la colaboración entre especies ha sido más determinante en la evolución biológica que la competencia, que era lo que proponía Darwin como motor de la evolución de los seres vivos: la lucha por la vida y supervivencia del más fuerte.

Es decir, lanza, a lo largo de toda una vida de investigación, un mensaje netamente ecofeminista. Su mensaje ayuda a configurar una mirada diferente de este mundo nuestro, y da luz a aspectos infravalorados, pero insoslayables si se quiere un tránsito que suavice el más que probable colapso de nuestra civilización.

Margulis llegó a una visión holística de este mundo global en el que todos somos interdependientes (no podemos sobrevivir aislados del resto de nuestros semejantes o fuera de la sociedad) y, por supuesto, ecodependientes (tampoco podemos pervivir sin tener en cuenta que dependemos de los ecosistemas naturales que son el soporte físico que nos sustenta). Las conclusiones que saca de las investigaciones que desarrolló a lo largo de su vida nos sirven de ejemplo para saber cómo desenvolvernos en este mundo vivo, que tanto hemos alterado, que funciona como un sistema complejo y al que tanto hemos perturbado.

Tuvo una cierta vinculación científica y emocional con nuestro país. Yo la conocí siendo estudiante de biología en una conferencia multitudinaria que dio en nuestra universidad. Me deslumbró la energía y lucidez con que exponía lo que claramente constituía una visión del mundo singular. Nos habló de la hipótesis Gaia sobre la que había discutido y debatido ampliamente con su creador, James Lovelock. Esa hipótesis considera a nuestro planeta como un organismo vivo. Por tanto, nos sirve para comprender el valor de los cuidados y la transversalidad del ecofeminismo. Lovelock, bioquímico inglés, fraguó la idea de que el ecosistema Tierra funciona como un superorganismo. Cuando Lovelock publicó la hipótesis de Gaia provocó una sacudida en muchos científicos, sobre todo en aquellos con una mente más lógica que odiaban un concepto que sonaba tan místico. Tanto más, después de que la llamara Gaia, por la antigua diosa de la Tierra.

Como Margulis relata en el prólogo de su libro Planeta simbiótico, no vio inmediatamente la relación de su teoría endosimbiótica con Gaia, pero finalmente concluyó: La hipótesis Gaia es ver la simbiosis desde el espacio.

Lynn Margulis colaboró con James Lovelock en el desarrollo de la teoría de Gaia. Cuando era entrevistada sobre ese tema, argumentaba que suscribía la frase de Nietzsche: “La tierra es un lugar muy bonito, aunque está afectada de una enfermedad: los humanos”.

En el libro ¿Qué es la vida?, Margulis invita a explorar científica y filosóficamente los enigmas en los orígenes de la vida. Por ejemplo, examina la conexión biológica entre muerte programada y sexo, la evolución simbiótica de los reinos orgánicos, la noción de la Tierra como un superorganismo y la fascinante idea de que la vida, no solo la humana,

tiene libertad de acción y ha tenido un papel insospechadamente importante en su propia evolución. Dicho con sus palabras:

«Así, vamos comprendiendo que, en realidad, la vida es un proceso material que cabalga por encima de la materia como una extraña y lenta ola, que es un caos artístico controlado, un conjunto de reacciones químicas asombrosamente complejo que empezó su andadura hace cuatro mil millones de años y que ahora, en forma humana, escribe cartas de amor y emplea computadores de silicio para calcular la temperatura de la materia en el nacimiento del universo. Descubrimos que la vida es, a fin de cuentas, algo aparentemente obvio: la celebración de la existencia.»

Con la inspiración de las reflexiones de Lynn Margulis, podemos imaginar cómo abordar la crisis global asumiendo los postulados que ella aplicó en biología y que han acabado siendo admitidos por la comunidad científica, tan reacia al principio. Es decir, evolucionemos cooperando y desechemos la competencia como motor.

En un artículo de Marga Mediavilla (reflexionando sobre el mundo y su deriva), también hacía referencia al valor de la cooperación, con un certero análisis sobre el camino por donde nos lleva la tecnología y las nuevas habilidades que se le otorgan a los robots. Me

pareció muy relevante la idea porque especulaba sobre la misma premisa. A saber: las habilidades adquiridas por la inteligencia artificial tienen que ver con la “percepción” de que la cooperación es la mejor estrategia para evolucionar, dando la razón a Lynn Margulis y contradiciendo a Darwin y su idea de que la evolución se desarrolla mediante la competencia. En sintonía con este planteamiento, el movimiento feminista es el mejor referente que podemos tener porque funciona en clave COLABORATIVA o COOPERATIVA.

En cambio, ¡aquí estamos! metidos en una dinámica de competencia de la que no sabemos salir. Decía Mediavilla: “Los robots han aprendido a cooperar entre sí para ser similares a los humanos, sin embargo, a los humanos no se nos permite hoy ese lujo”. Nosotros debemos someternos a la ley del mercado y jugar los juegos del hambre global que nos impone el capitalismo. Aunque los robots hayan conseguido grandes avances siendo cada vez más sensitivos, nosotros debemos ser insensibles al drama social del desempleo, insensibles al deterioro ambiental, insensibles a nosotros mismos. Aunque la ingeniería moderna está descubriendo las cualidades superiores de la cooperación, nuestra máquina económica tiene como único mecanismo la competencia.

Y el aprendizaje que se extrae es claro: tenemos que cooperar y ser muy sensibles al medio ambiente que nos rodea si queremos salir adelante y dejar atrás este modelo económico que está rompiendo los equilibrios de Gaia y poniendo en peligro nuestra supervivencia.

De momento estamos demostrando ser bastante torpes a la hora de cooperar y de solucionar los problemas globales. Con lo artificioso de la vida en la que nos desenvolvemos ¿acaso hemos perdido el motor evolutivo de la cooperación?

 

Entrada originalmente publicada en Blog Sostenible el 7/03/2019

¿Retos a futuro o cambiar el presente ya?

El crecimiento económico sin límite, ese que se asume como principio básico e incuestionable en los ámbitos económicos capitalistas, hace tiempo que se ha demostrado falaz y nos está haciendo mucho daño. El sistema económico capitalista no respeta la vida, genera desigualdad, destroza las bases que sustentan su propio desarrollo, nos ahoga con la contaminación que genera y propaga… contaminación en suelos, en aire, en océanos… basura e ingentes cantidades de plásticos y de otros tóxicos que se acumulan a escala planetaria.

Por ello, se impone un cambio de paradigma que sustituya la premisa actual. Esa que asume sin cuestionarlo, que el crecimiento económico permanente, y no solo permanente sino sin fin, es imprescindible para generar riqueza y bienestar. Para trascender la existencia de límites que lo contenga o cuestione ponen su fe en las soluciones tecnológicas. Son fieles creyentes en que el modelo depredador capitalista no minará los cimientos planetarios y los servicios ecosistémicos que lo sostienen.

 

Asumen con esperanza ciega que la tecnología los salvará de los atolladeros a los que su falta de respeto y, porqué no decirlo, de conocimiento, los aboca. Son tecno-optimistas y ya hace tiempo que se sabe que lo que se produce con la tecnología es un efecto rebote, la llamada paradoja de Jevons.  Curioso concepto para referirse a que, a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, es más probable un aumento del consumo de dicho recurso que su preservación o ahorro.

Como segundo dogma también depositan su fe en caminar en la dirección de una desmaterialización de la economía, que tampoco es generalizable. Necesitamos energía, alimentos, aire, agua, suelo…, son insustituibles, indesmaterializables.  Con el tiempo acabarán dándose cuenta de que estas creencias, que no son ciencia, no eran tan de fiar y el fin de ese modelo hegemónico acabará por sorprenderlos abruptamente.  Salvo que los infieles y descreídos tomemos las riendas y no les demos el tiempo que necesitarían para ver su error y la verdadera realidad que enfrentan. Es decir, que todos los recursos y los materiales que el metabolismo capitalista consume y agota, se están agotando. Lo hacen si no son renovables, pero también en el caso de que lo sean, porque no se están respetando las tasas de renovación natural.

El consumo ininterrumpido sobre el que descansa el crecimiento en breve se quedará sin saldo en la cuenta, lo que convierte el actual modelo económico en insostenible. Lo miremos por donde lo miremos, eso es algo que ya podemos constatar. A nivel global, el crecimiento se está ralentizando ya, aunque aún haya un puñado de países que crecen a un cierto ritmo. Tenemos los ecosistemas y el planeta tan sobreexplotados que decreceremos a nivel global en breve. La cuestión es si se hará de forma ordenada, -ojalá seamos capaces-, o caótica.

Por otro lado, consideremos que no se trata solo de que sobrepasamos los límites consumiendo cada vez más rápido lo que nos provee la naturaleza. En el sistema que configura la tierra y que ha presentado un equilibrio estable durante, al menos, los últimos 12.000 años, no sólo existen unos límites físicos. Considerarlo así supondría reducir al sistema Tierra a un gran saco de recursos limitados (suelo, agua, diversidad, minerales, combustibles fósiles, etc.), y esto no es así. El sistema Tierra, es un sistema complejo, que nos provee unas condiciones de vida relativamente cómodas. Y son esas condiciones estables de un sistema complejo como el terrestre las que hay que preservar y las que están en peligro. Es decir, nuestro mundo es mucho más que una gran mina, aunque no se reproduzca, en muchos aspectos, se parece mucho a un ser vivo, de ahí la hipótesis Gaia.

Necesitamos que Gaia siga siendo un espacio seguro y justo, no es una opción, es el único camino. Necesitamos a personas amorosas, capaces, solidarias, austeras, con la que construir un modelo alternativo. Necesitamos educar para la cooperación y no para la competencia.

Necesitamos implementar medidas, marcos normativos, políticas, que hagan más probable traer a la vida de las personas ese espacio seguro en el que vivir y justo para todas.

 

En este contexto no encuentro mejor propuesta que la propuesta de Kate Raworth cuando en 2012 reflexionó y propuso lo que denominó “Un espacio seguro y justo para la humanidad”. Se preguntaba si todas podríamos vivir dentro de una hipotética rosquilla, entre el techo planetario que marca las condiciones de habitabilidad de nuestro entorno y un suelo social irrenunciable, que es el que permite vidas dignas para todas.

El reto es lograr vidas dignas para todas y no malograr que ese espacio que nos alberga, que es Gaia, tenga un buen estado de salud para cuidar de los que nos sucederán.

Según Raworth, ese suelo social mínimamente justo y equitativo debe incluir el acceso al empleo y a un mínimo ingreso vital, a salud y sistema sanitario, educación, acceso a la vivienda, energía, seguridad y soberanía alimentaria, o igualdad de género. Todas ellas son dimensiones necesarias para garantizar a las personas vidas dignas de vivirse. Pero, además, y sobre todo, hay que garantizar que seamos capaces de mantener en condiciones adecuadas el techo ambiental, imprescindible para mantener la vida. Si no lo hacemos, no podremos subsistir en un planeta muerto. Trabajemos juntas para contarlo y hacerlo. Estamos inmersas en tiempos convulsos y el objetivo debe estar en superar el formidable reto colectivo.

Entrada publicada originalmente en Contrainformación el 18/01/2019