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Cuidar la casa común. Frenar el saqueo

Que nuestra civilización ejerce sobre los ecosistemas de la Tierra una gran presión y este nos la devuelve de una forma u otra, es una evidencia que no podemos negar. Ya sabemos que los virus del ébola, el SARS o el VIH han saltado de los animales a los humanos después de la destrucción masiva de selvas y bosques tropicales. Lo mismo podemos decir de la actual pandemia.

“El 70% de los últimos brotes epidémicos han comenzado con la deforestación”

 Las prácticas de deforestación intensa, que se hacen siempre en nombre de la economía a corto plazo tienen efectos devastadores no sólo para los ecosistemas.

Cada año, el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra se adelanta. Y nos recuerda que gastamos recursos naturales, a MUCHA Velocidad. Nuestro planeta entró en números rojos en 2020 el 27 de mayo. A partir de ese día, todos los recursos que consumíamos se sumaban al déficit en la cuenta de resultados del planeta.

Lo que hemos aprendido con el COVID 19 es que el cuidado de los ecosistemas y de la diversidad deben incluirse entre las acciones prioritarias en el abordaje de Pandemias.

Hay diferentes causas del deterioro tan intenso que sufre la biosfera. Nuestra forma de producir alimentos es una de las principales. Las granjas industriales de animales, en muchos casos para alimentarnos y en otros, más grave si cabe, para vestirnos son focos de epidemias y pandemias.

Recordad que, por ejemplo, debido al COVID 19 se han sacrificado 17 millones de visones en Dinamarca, que tiene una población de animales humanos tres veces menor. En España también se han debido sacrificar algunos millones.

La ingente cantidad de piensos y pastos necesarios para alimentar la producción industrial de carne es uno de los principales factores de deforestación mundial.

Al cortar la selva para remplazarla por agricultura intensiva y contaminante, los animales que viven en esos lugares sufren alteraciones por la transformación de sus hábitats. Son especies con las que antes no estábamos en contacto las que ahora pueden transmitir nuevas enfermedades.

Y es que pasar de tener una foresta tropical a un cultivo, con abonos y fitotóxicos ajenos a ese ecosistema, lo altera permitiendo que algunos animales sirvan de vectores para transmitir virus.

Además de efectos colaterales como la resistencia a antibióticos debida a que la ganadería industrial es la principal consumidora de antibióticos en el mundo. España es el país de Europa donde más se utilizan.  Según la OMS, la resistencia a antibióticos podría provocar más muertes que el cáncer en 2050. Otro problema sanitario a abordar.

Un dato muy llamativo y preocupante del que se ha hablado poco: la biomasa en Carbono de la humanidad y de los mamíferos que nos acompañan (domésticos y ganado, como vaca y cerdo) supone el 96% de la la biomasa total en forma de carbono de estos animales en la biosfera (Bar-On YM et al., 2018). Mientras que los silvestres suponen un escueto 4%.

De hecho, entre el 75% y el 80% de la superficie agraria mundial se destina a producir alimentos para animales. Otro tanto ocurre con las aves de corral, que triplican en biomasa a las silvestres.

Y pensemos que toda la vida en el planeta descansa sobre los productores primarios, es decir las plantas, siendo la biomasa actual de la vegetación natural, tan solo, la mitad de la vegetación potencial que deberíamos tener.

En resumidas cuentas, producimos múltiples extinciones al ocupar/transformar el territorio como lo hacemos. La tala de árboles mata directamente algunas especies, pero, sobre todo, perturba a muchas mas por la incursión destructiva en su espacio vital.

Estamos siendo responsables de la sexta mayor extinción de especies de la que se tiene evidencia científica. Están desapareciendo cada año 100 especies por cada millón de especies existentes.

Es decir, conservar y recuperar los ecosistemas naturales es una prioridad, tanto por razones socio-ambientales como porque pueden actuar como cortafuegos de epidemias y pandemias. Los propios ecosistemas nos brindan el servicio de limitar y regular la posibilidad de que animales infectados transmitan enfermedades.

              -Necesitamos Tratados Internacionales que protejan la Biodiversidad. Adoptar medidas en que participen comunidades locales y, especialmente, comunidades indígenas que han cuidado estos espacios de forma sostenible.

              – Reducir el consumo de carne y lácteos, porque hay que frenar la deforestación y esas son medidas imprescindibles contra la crisis climática y de biodiversidad.

              -Poner en marcha programas de recuperación de especies, yendo a las causas de su declive y atajar aquellas actividades que impactan negativamente en la biodiversidad.

              -Frenar la especulación urbanística y la sobredimensión de infraestructuras. Porque consume muchos suelos necesarios y además fragmenta el territorio con consecuencias indeseables en ecosistemas y especies.

              -Cambiar los sistemas de producción agroalimentaria, abandonando la agricultura y ganadería intensivas en pro de sistemas agroecológicos y sostenibles, que no comprometan el funcionamiento de los ecosistemas naturales.

En España tenemos que abordar la crisis de determinados territorios rurales (España vaciada) fortaleciendo a la población rural como agente clave que conoce su entorno y sabe conservarlo.

El equipo de Rockström, (Instituto de Resilencia de Estocolmo) estableció 9 límites, sobre los que se estimaron unos umbrales, por encima de los cuales los cambios que se produzcan nos pueden poner en aprietos. Estos son:

El [CO2] en la atmósfera, las nuevas sustancias químicas (Xenobióticos), la concentración de [O3] estratosférico, la carga de aerosoles y contaminación química, la acidificación de los océanos, los ciclos biogeoquímicos del N y del P, la disponibilidad de agua dulce, los usos del suelo (Proporción de tierras cultivadas), y la pérdida de diversidad biológica.

Todos estos límites son interdependientes por lo que sobrepasar uno de ellos puede llevar a rebasar otros. Así que hay que establecer un marco de seguridad para NO traspasarlos.

En situación de emergencia tenemos:

 La diversidad biológica y los ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y el fósforo, lo que está relacionado con los usos del suelo.

Ello está relacionado con la agricultura y ganadería intensivas. Más de un tercio de la superficie de la tierra y más de un 70% del agua que se extrae se dedican a este fin.

El año 2019 y este pasado año han saltado algunas alarmas en relación a la situación de estos límites planetarios. Si observamos la situación a nivel global, se están desencadenando cambios en comportamientos funcionales de la biosfera que puede que no sean reversibles. Las consecuencias pueden ser peores que las de una pandemia vírica. Estos cambios son:

A) Sequias en la Amazonía

B) Reducción del hielo ártico

C) Ralentización de la circulación oceánica en el Atlántico

D) Fuegos y problemas fitosanitarios en bosques boreales

E) Muerte de arrecifes de coral

G) Pérdida de la capa de hielo de Groenlandia

H) Descongelación del permafrost: la fusión del permafrost en latitudes altas libera enormes cantidades de CH4, gas de efecto invernadero 20 veces mas potente que el CO2

J) Pérdida de banquisa y Retroceso del Hielo antártico.

Estamos viendo el deterioro progresivo y, a veces brusco, de recursos vitales como la diversidad, el aire, el agua o el suelo. Y por justicia intergeneracional deberíamos trabajar para que dentro de 50 años nuestras hijas y nietas tengan, como mínimo, un acceso a los recursos similar al que nosotros disfrutamos.

Kate Raworth en su trabajo: Un espacio seguro y justo para la humanidad, se preguntaba si todas podríamos vivir dentro de un hipotético donut, entre el techo planetario que marca las condiciones de habitabilidad de nuestro entorno y un suelo social, que es el que permite una vida mínimamente digna.

La rosquilla que propone Raworth, no es una guía de políticas concretas, sino más bien una manera de analizar la situación para orientar las decisiones. Su modelo se basa en una imagen muy sencilla: la humanidad debe vivir dentro de un donut. En el interior de la rosquilla se encuentran las necesidades básicas para el bienestar: Alimentación sana, accesos al agua potable, vivienda, energía, sanidad, educación, igualdad de género y libertad política, entre otros.

El límite exterior de la rosquilla representa el techo ecológico. En medio, está lo que nos comemos es decir lo que necesitamos para disfrutar vidas dignas y saludables sin poner en peligro nuestra casa común que es la biosfera.

 Para lograrlo, tenemos que construir entre todas, el bien común; establecer medidas, marcos normativos, políticas, que hagan más probable traer a las personas al interior de ese espacio seguro y justo que decía Raworth. El momento histórico que nos ha tocado es de verdadera emergencia. Y a todas nos toca, aunque en distinta medida, la responsabilidad de abordarlo y resolverlo.

Por tanto, hay que tomar decisiones y actuar, tanto a nivel de gobernanza global como local.

En algunas ciudades ya se han puesto manos a la obra, planificando su propia rosquilla de bienestar. Es el caso de Amsterdam, que anunció en 2020, en plena pandemia, que iba a adoptar el ‘modelo donut’ de Kate Raworth. Planean una reducción drástica en el uso de recursos y materiales. Y quieren salir de la recesión asegurando que reducirán un 50% el consumo de nuevos materiales en la próxima década.

Depende de nosotros en última instancia, tanto colectiva como individualmente, que se generen los cambios necesarios para minimizar los riesgos a que nos enfrentamos.

Artículo publicado en Ecologismo de Emergencia el 10 de abril 2021

¿Qué hacemos con la vida en el día que celebramos el Medioambiente?

Cada 5 de junio, dedicamos el día a recordar y promover la conciencia y la acción ambiental a nivel global. El Medio valioso en que nos desarrollamos y que debemos cuidar, soporta alteraciones cuyos principales causantes y a la vez sufrientes somos nosotros. Está dedicado este año a la Biodiversidad, con tasas de extinción abrumadoras, al contar un millón de especies de plantas y animales en peligro de extinción en todo el mundo. Es la fecha más importante en el calendario oficial de Naciones Unidas para fomentar la conciencia y la acción global por el medio ambiente.

Es buen momento por ello, para recordar textos como Primavera silenciosa”, que contribuyó allá por 1962, a un nuevo conocimiento del lugar que ocupa la especie humana en el mundo y a promover políticas y conductas para preservar el ambiente. Fue Rachel Carson la que ayudó, con su libro y su testimonio, a la creación, años después de su muerte, de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), a controlar el uso del DDT y de otros pesticidas, a las leyes que se dictaron en muchos países sobre pesticidas, insecticidas, fungicidas, rodenticidas… productos biocidas (que literalmente matan la vida) con lo que afectan y mucho, a la biodiversidad y al equilibrio de especies en los ecosistemas, al eliminar los que “estorban” a nuestras pretensiones. Carson en fin, contribuyó al desarrollo de una conciencia ecológica que antes de ella era testimonial. Nos hizo ser conscientes de la relación indisociable entre los humanos y las redes de la vida.

Desde el punto de vista conceptual biológico, Rachel Carson popularizó la idea de que nuestra especie no es dueña de la naturaleza, sino parte de ella como cualquier otro ser vivo. Éramos, y somos, parte de esa naturaleza.

El funcionamiento del sistema Tierra, a nivel global, es el de un sistema complejo que, a su vez, está formado por subsistemas, también complejos. En los sistemas complejos, los estados de equilibrio son transitorios o, como lo define Iliya Prigogine, son un periodo de reposo entrópico. Esto supone que la evolución de estos sistemas, una vez superado determinado rango de interferencia, no es lineal y saltan a un nuevo estado transitorio de un modo discontinuo y no predecible o difícilmente predecible. ¡Ahí estamos! a las puertas de un salto a un estado imprevisible. La causa: una desbocada huella del sistema económico que prescinde de estas consideraciones esenciales a los sistemas vivos.

La innovación metabólica mas importante en la historia del planeta fue la evolución de la fotosíntesis. Gracias a la fotosíntesis la vida se liberó de la escasez energética. Y esa energía fotosintética que las plantas extraen, es la misma que nuestra especie invierte en hacer estragos en el hábitat. Para bien o para mal, la naturaleza recibe su energía del fuego solar a través de las plantas y nosotros la aprovechamos no siempre para bien. Desde que aparecimos, las plantas nos han alimentado, vestido y abrigado. Y nos acompañan en nuestro viaje vital. Son indispensables en cualquier medioambiente que albergue seres humanos. Sus descendientes continuarán acompañando a nuestros descendientes. Así, por ejemplo, las tradescantias reciclan contaminantes traza en entornos cerrados, Nymphaea, un loto, purifica el agua potable, aprovechamos su sombra, “purifican” el aire que respiramos…sus servicios al bienestar de nuestra especie son numerosos. Necesitamos la materia y la energía del Sol convertida en el fuego verde de los seres fotosintetizadores, las plantas. Como fósiles, estos seres atraparon el oro original del Sol, atesorando la riqueza que ahora liberamos para mantener una economía disruptiva que sobrecalienta el sistema planetario global, disipando calor en una suerte de hiperactividad compulsiva. El fuego verde fosilizado que atesoran las entrañas del planeta en las profundidades, almacenado como reservas geológicas de energía solar en forma de petróleo, gas natural, sulfuro de hierro, carbón y otras sustancias, es extraído para mantener en funcionamiento esa economía acelerada… y con una acumulación de calor junto a las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que nos ponen en peligro.Y sabemos que proteger el medioambiente es protegernos.

En la actualidad, somos la especie mas derrochadora del planeta. Mientras Homo sapiens dilapida parte del patrimonio de la Tierra, vamos comprobando los costes que nos supondrán. Pero seamos conscientes: el planeta no necesita ser salvado. Somos nosotros los que ponemos en peligro el futuro de nuestra especie, no el de la biosfera.

Una verdad termodinámica es que la vida se organiza disipando calor y degradando el entorno. No hay vida sin deshechos, exudados, polución. En la prodigalidad de su expansión, la vida inevitablemente se pone en peligro a sí misma con desarreglos potencialmente fatales. Pero a veces los desechos pueden reconvertirse en algo útil. Así nos lo han mostrado formas de vida anteriores que supieron adaptarse a condiciones ambientales cambiantes y provocadas por su propia proliferación. Aprendamos, cuidémonos cuidando el medio en el que vivimos y del que obtenemos lo que necesitamos.

La humanidad gasta anualmente la energía equivalente a entre 18-19 billones de Kg de Carbono, quizá mas. Es energía empleada en extraer cantidades colosales de materiales; producir muchos millones de Kg de cereales de tierras cultivables y extraer también muchos millones de pescado de mares y océanos. Y con el descontrol de producir cada vez mas, incluso por encima de lo necesario, estamos generando desarreglos potencialmente fatales para nuestra supervivencia.

A medida que los combustibles fósiles y la energía solar se han integrado en la industria y la agricultura global, el consumo de recursos no renovables se ha acelerado y hemos generado nuevos residuos biosféricos: insecticidas, cloruro de polivinilo (PVC) rayón, pinturas plásticas…

Los subproductos gaseosos de la combustión de fuentes de energía largo tiempo enterradas alteran irreversiblemente el sistema complejo de la fisiología planetaria, acumulando CO2 y otros gases en la atmósfera. Al dejar pasar la luz visible, pero no el calor reflejado, este gas incrementa la temperatura planetaria, provocando la fusión del hielo polar que traerá la consecuente inundación de ciudades costeras y otros desastres. Mientras tanto se producen múltiples extinciones como consecuencia de la tala de árboles, que matan directamente algunas especies, pero que perturba a muchas mas por la incursión destructiva en su espacio vital.

Nuestra inmensa población explota una proporción significativa de la energía solar que llega a la superficie terrestre. La energía de la fotosíntesis pasada (reservas geológicas) y presente hace que los humanos desarrollemos artificiosos ecosistemas urbanos que precisan cantidades crecientes de energía para aumentar o mantener una gran complejidad artificial. Y ya los habita cerca del 70% de la población humana. A medida que el sistema se expande utilizando tecnología, sus operaciones se hacen mas sofisticadas. Pero el potencial para el desastre también se incrementa. Una humanidad populosa, demasiado abundante, que es la causante de que la Tierra sea menos diversa. Nos sentimos angustiados ante la amenaza de extinción de tantos convecinos planetarios, aún antes de que la ciencia los describa. Y seguimos viendo como los plásticos se propagan por doquier, las selvas tropicales desaparecen, los arrecifes de coral se hunden. El tiempo de reparar apremia.

Hay un permanente tira y afloja entre los organismos y el entorno. Las nubes, los gases atmosféricos, el PH y la salinidad del océano, y otros sistemas planetarios expresan el “diálogo” entre los organismos y la Tierra. Y en esa conversación, es ahora nuestra especie la que anda queriendo imponer una lógica incompatible con el resto de la vida.

Hoy 5 de junio es el día para pensarlo bien y trazar las alternativas que nos lleven a la paz con el resto del mundo vivo.

Artículo publicado en el Blog de Público, Ecologismo de Emergencia, el 5 de junio de 2020

Los compromisos de la COP25 y cómo escalar iniciativas exitosas de pequeñas comunidades

¿Qué significa pedir o exigir que se asuman compromisos de máximos en esta COP después de otras 24 en las que no se ha avanzado? No se han conseguido, en las sucesivas COP celebradas desde 1992, ni los compromisos necesarios ni la ejecución de los mismos, cuando si parecía haber voluntad de asumirlos.

Quedarse en mínimos o no llegar a lo comprometido ¿qué implica? ¿Hay algo o alguien que gane si no se alcanzan los objetivos fijados? ¿Quién pierde mas?

Los datos del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) han sido concluyentes y contundentes respecto a lo que está sucediendo con el clima global, en cada nuevo informe que han avanzado. En el último no han podido ser mas claros: No se puede prolongar mas la inacción.

Los fenómenos atmosféricos extremos se correlacionan con la temperatura de la superficie del mar en los océanos, que han capturado el 90% del calor adicional producido en los últimos 50 años. La obligación de reducir los efectos de ese calentamiento y sus consecuencias no se pueden seguir derivando a la siguiente cumbre. Abordar medidas para la mitigación y para la adaptación implica dar la espalda de una vez al modelo capitalista, al sistema económico neoliberal que no ha contemplado nunca lo que debiera ser la base de cualquier sistema económico: satisfacer las necesidades de la sociedad a través de intercambios de lo que cada cual produce/consume; y mantener niveles de bienestar que permitan una sociedad sana y próspera. Hoy esa sociedad es una comunidad global en un planeta que se ha quedado pequeño y del que no tenemos repuesto.

Como no tenemos repuesto, lo único que nos queda es sanear este planeta para que siga permitiendo nuestra permanencia en él. Eso supone la reducción de las concentraciones de gases de efecto invernadero, preferiblemente mediante la reducción de sus fuentes.

Seamos conscientes de lo que nos jugamos ahora mismo. No son solo las generaciones venideras, esas que representa Greta Thunberg, las que se juegan su futuro. Ese futuro es presente. El haber querido verlo con cierta lejanía en el tiempo nos ha hecho permanecer en un egoísta: “el que venga detrás que arree”. Pero no. Lo estamos viendo en directo. Y en países como España, el éxito del Acuerdo de Paris supondría, en cualquier caso, un aumento en torno a los 4ºC, con terribles consecuencias, ya anticipadas científicamente, para el sector agrícola y las poblaciones costeras, por la subida del nivel del mar. Lo estamos viendo y no podemos admitir que los responsables políticos e institucionales sigan jugando a un green washing adormecedor de conciencias.

Hemos conocido el dato, ofrecido por Oxfam de que los refugiados por causas climáticas son más de 20 millones/año. Personas desplazadas por desastres provocados por una economía que ataca las bases sobre las que se asienta. Muchos quieren seguir pensando que son fenómenos naturales, pero en muchos de esos focos de emigración, por ejemplo, en África, sus habitantes llevaban siglos viviendo en durísimas condiciones climatológicas y sabían afrontarlo. Los desplazamientos actuales, en muchos casos tienen que ver con las políticas de los gobiernos, favorecedoras de la apropiación por parte de grandes multinacionales de los recursos mundiales. Acaparan tierras, pero, más dramático aún, acaparan agua en muchos lugares donde ya de por sí escaseaban, obligando a sus moradores a desplazarse.

El cambio de paradigma necesario requiere actuar en distintos frentes:

Movilidad global, ordenación del territorio, sobre todo en los crecimientos urbanísticos desproporcionados que generan mayor necesidad de desplazamientos y fragmentan los espacios naturales que podrían amortiguar; Gestión hídrica y cierre del ciclo natural del agua. Recuperación de sistemas de protección naturales en el litoral, que eviten las consecuencias de tener buena parte de la costa encementada; mantenimiento de zonas forestales en condiciones óptimas que eviten o minimicen los incendios forestales que cada vez afectan con más intensidad y a mayores extensiones; reducir la demanda de bienes y servicios que producen altas emisiones, incrementando la eficiencia en los sistemas de producción. Un cambio a métodos más limpios de movilidad y reducir esta… En definitiva, mucho que mejorar y, por supuesto, dejar de recurrir a un green washing descarado como el que estamos viendo estos días en la Cumbre.

No parece que haya nadie a los mandos globales, que reconozca el reto en toda su dimensión, y es que las estructuras económicas y de funcionamiento de nuestra sociedad se tambalean. El agotamiento y deterioro de recursos fundamentales, básicos para el desarrollo y bienestar humano, y no solo humano, como el agua dulce, los recursos genéticos, los bosques, la pesca, las tierras fértiles, los arrecifes de coral… Todo el patrimonio natural en todos los ámbitos: local, regional y global está amenazado.

Las prácticas agroindustriales, están amenazando con la pérdida de gran parte de las tierras fértiles mas productivas. La desertificación de muchas tierras cultivables seguirá generando desplazamientos masivos. Desplazamientos también, por el aumento del nivel del mar, con consecuencias para toda la población mundial que vive en las costas, que es la mayoría.

El transporte de larga distancia, el sistema agro-alimentario global, los sistemas urbanos y suburbanos actuales, así como muchos productos de nuestro modo de vida -coches, plásticos, productos químicos, pesticidas…- se sostienen asumiendo sin cuestionamiento, un creciente suministro de energía barata y materiales.

Pero, sin equidad y sin aceptar que somos interdependientes, no va a haber solución justa y tampoco pacífica, posible. Espero que seamos capaces de asumir sistemas de organización económica cada vez más locales, que reconozcan y respeten los límites que impone la naturaleza y que asumamos también, los que todavía disfrutamos de situaciones acomodadas en el Norte global, que tenemos margen para ser algo más pobres y vivir bien. Y es que, el modelo económico neoliberal globalizado sólo es viable para la minoría más rica que acumula la mayor parte de la riqueza mundial que previamente ha expropiado al resto.

El hecho es que vamos a una situación en la que dependeremos de energías renovables que, aunque más intensivas en empleo, tienen tasas de retorno energético menores. Esto conllevará, inevitablemente, cambios significativos en nuestros modos de vida. Pero no necesariamente serán negativos, si somos capaces de transitar, también socialmente de forma mayoritaria, hacia modos de vida más centrados en el ámbito comunitario, local y regional. Modos de vida más sostenibles desde el punto de vista ambiental y que pueden ser más gratificantes desde el punto de vista social y comunitario. Sistemas de gobernanza locales deben ser los que sustituyan al sistema actual. Producción local para consumo local, haciendo uso de la fuerza de trabajo y de materiales locales, en el marco de modelos ecológicos y democráticos. Las economías locales que así funcionan dependen menos del transporte y suministros desde lugares lejanos. Por ello tienen menor impacto. Es decir, re-territorializar la actividad económica es una necesidad.

Muchas personas en todo el planeta ya están intentando activamente, llevar a cabo prácticas económicas alternativas en el ámbito local, comunitario y regional, tanto en contextos rurales como urbanos. Son acciones personales, de pequeños colectivos e iniciativas comunitarias que es necesario escalar.

Esta Cumbre del Clima debe conseguir hacer efectivo el compromiso de tomar esa dirección y hacerlo “a velocidad de crucero”.

Publicado el 5 de diciembre de 2019 en el Blog de público.es, Ecologismo de Emergencia

De la crisis ambiental a la oportunidad social

Estamos necesitando un cambio de sistema para lograr economías ecológicamente sostenibles y que se acompañen de equidad, suficiencia y paz. Justo lo contrario de lo que está sucediendo ahora. El recorrido y comportamiento de nuestras sociedades y la economía de mercado que las acompaña son profundamente inadecuados para alcanzar un futuro compatible con que la mayoría disfrutemos vidas dignas.

Ya estamos padeciendo un colapso social que acompaña al ecológico. Y hay quién insiste en que, de la grave crisis surgen grandes oportunidades, aunque no parece que haya nadie a los mandos globales, que reconozca el reto en toda su dimensión y decida la manera abordar la crisis para aprovechar esas oportunidades.

La era de la energía barata está llegando a su fin (esas grandes dosis de combustibles fósiles con los que nos hemos dopado y aún seguimos dopándonos), lo que generará cambios dramáticos en el funcionamiento de nuestras sociedades. Las estructuras económicas y de funcionamiento de nuestra sociedad se tambalean. Además, este declive viene acompañado del agotamiento o deterioro de recursos fundamentales, básicos para el desarrollo y bienestar humano, y no solo humano, como el agua dulce, los recursos genéticos, los bosques, la pesca, las tierras fértiles, los arrecifes de coral… Todo el patrimonio natural en todos los ámbitos: local, regional y global está amenazado.

El caos climático, el calentamiento global, y las prácticas agroindustriales, están amenazando con la pérdida de gran parte de las tierras fértiles mas productivas. El aumento del nivel del mar continúa, con consecuencias para toda la población mundial que vive en las costas, que es la mayoría. La desertificación de muchas tierras cultivables genera ya, y seguirá haciéndolo, desplazamientos masivos. Son situaciones que llevan tiempo afectando a los pueblos y naciones más empobrecidas del sur global. La agricultura de Siria es un ejemplo.

El transporte de larga distancia, el sistema agro-alimentario global, los sistemas urbanos y suburbanos actuales, así como muchos productos de nuestro modo de vida -coches, plásticos, productos químicos, pesticidas…- se sostienen asumiendo sin cuestionamiento, un creciente suministro de energía barata y materiales. Ya estamos sufriendo conflictos bélicos sangrientos como consecuencia de problemas geopolíticos que tienen que ver con la disponibilidad decreciente de combustibles, agua dulce, suelo fértil o minerales esenciales para mantener la industria tecnológica y agraria.

En las próximas décadas el crecimiento de la población en el sistema socioeconómico imperante supondrá, si nada lo remedia antes, como las distintas movilizaciones por el clima, el acaparamiento de un 20% de los hábitats naturales que quedan.

Es un panorama alarmante pero probable, si no abordamos políticas diferentes de forma urgente. Nada es necesariamente inevitable si tomamos acciones a favor de profundas transformaciones que limiten las consecuencias más siniestras de este capitalismo tardío y descarnado que se nos está imponiendo.

La capacidad de carga del planeta, (sobrepasada por la demografía humana), y el abuso de los recursos globales son límites que no acabamos de admitir de forma generalizada socialmente. Como parece que tampoco asumimos que, sin equidad y sin aceptar que somos interdependientes, no va a haber solución justa y, puede que tampoco pacífica, posible. Nos estamos adentrando en escenarios socio-ambientales bastante impredecibles y muy preocupantes.

Hay una evidencia a la que no se le hace caso: vamos con mucha probabilidad hacia una situación que conduce a la contracción de la producción y el consumo. Lo deseable sería conseguir hacerlo de forma medianamente ordenada, organizada y distributiva. De momento no hay visos de que vaya a ser así. De de que seamos capaces de asumir sistemas de organización económica cada vez más locales, que reconozcan y respeten los límites que impone la naturaleza y asumir también, los que todavía disfrutamos de situaciones acomodadas en el Norte global, que tenemos margen para ser algo más pobres y vivir bien.

Pero lo que no es sensato, es seguir recurriendo a las mismas estrategias que funcionaron hasta finales de los 70 del siglo pasado y que ahora acentúan los problemas mencionados. A pesar de ello, la Organización Mundial de Comercio (OCM), el FMI o el Banco Mundial siguen instaurando y legitimando estas políticas como si, literalmente, no hubiera un mañana. Muchos gobiernos asumen como factibles las soluciones tecnológicas para todos los problemas que genera el sistema económico neoliberal y crecentista. Es un dislate. Y eso nos pone en peor situación ya que no se toman las medidas que estamos necesitando para limitar/prevenir los peores escenarios socio-ambientales posibles que enfrentamos. Las tecnologías, por sí solas, no nos salvarán. Y el modelo económico neoliberal globalizado sólo es viable para la minoría más rica que acumula la mayor parte de la riqueza mundial.

En las medidas para transitar hacia este futuro inquietante hay cierta coincidencia. Tanto los que abogan por la economía circular, como algunos decrecentistas que ven inevitable el colapso civilizatorio, proponen cerrar ciclos de materia y energía e incrementar la eficiencia y circularidad en todos los procesos socioeconómicos. Se distinguen en que unos creen que haciéndolo se podrá seguir disfrutando del modo y nivel de vida actual, al menos en el Norte enriquecido, y los que piensan que, aun haciéndolo, sólo se mitigará en parte una grave contracción económica global, con todos los efectos negativos colaterales que implica. El hecho es que vamos a una situación en la que se va a reducir la extracción de recursos materiales y en la que dependeremos de energías renovables que, aunque más intensivas en empleo, tienen tasas de retorno energético menores. Esto conllevará, inevitablemente, cambios significativos en nuestros modos de vida. Pero no necesariamente serán negativos, si somos capaces de transitar también socialmente de forma mayoritaria hacia modos de vida más centrados en el ámbito comunitario, local y regional. Modos de vida más sostenibles desde el punto de vista ambiental y que pueden ser más gratificantes desde el punto de vista social y comunitario. Sistemas de gobernanza locales deben ser los que sustituyan al sistema actual. Producción local para consumo local, haciendo uso de la fuerza de trabajo y de materiales locales, en el marco de modelos ecológicos y democráticos. Las economías locales que así funcionan dependen menos del transporte y suministros desde lugares lejanos. Por ello tienen menor impacto. Es decir, re-territorializar la actividad económica es una necesidad.

La “buena vida” basada en el hiper-consumo de bienes, en que se basa el actual modelo, se muestra falaz. Sin embargo, si somos capaces de iniciar la estrategia de usar menos recursos, de acumular menos y de estándares de vida más modestos pero dignos, con toda probabilidad, obtendremos mayor sensación de plenitud personal, menos estrés, más tiempo para dedicar a la familia, a los amigos, a la naturaleza, al ocio. Bienes que hoy son escasos y de los que somos paradójicamente “pobres”. Es decir, menos será mas.

Muchas personas en todo el planeta ya están intentando activamente, llevar a cabo prácticas económicas alternativas en el ámbito local, comunitario y regional, tanto en contextos rurales como urbanos. Son acciones personales, de pequeños colectivos e iniciativas comunitarias que es necesario escalar. Sólo si conseguimos transitar también hacia sociedades que acepten que somos seres profundamente interdependientes y donde primen la cooperación, nuestras hijas y nietas tendrán, dentro de 15 o 20 años, un presente que merezca la pena ser vivido.

 

Publicado originalmente el 16 de octubre de 2019 en Contrainformación

El golpe de la gota fría tras el cálido verano

Aún no hemos acabado de encajar el golpe que nos ha dejado la gota fría. Algo que sabemos que no es tan extraordinario. En el clima mediterráneo, sucesos como los acaecidos de gota fría están perfectamente estudiados porque son propios del clima y la geografía del sudeste peninsular. Lo realmente preocupante es que, como consecuencia del cambio climático tenderán a repetirse con mayor frecuencia y en lugar de tomar medidas que eviten o tiendan a minimizar sus efectos, se han seguido practicando políticas urbanísticas y de encauzamientos, “limpiezas” y/o dragados que, lejos de solucionar, empeoran las consecuencias de los episodios de lluvias torrenciales generadas por gota fría. Valga el siguiente ejemplo que abordé en la comisión de Medioambiente y Ordenación del Territorio del parlamento andaluz, para ilustrar la situación que cada vez con mayor frecuencia viviremos:

El 7 de septiembre de 2015, hubo una inundación en Adra (Almería) que provocó muchos daños materiales. La Plataforma Ciudadana Abderitana se puso a disposición de la autoridad local para contribuir a resolver los problemas que se presentaron. Con la participación de dicha Plataforma se elaboró un documento que aportaba una serie de datos sobre los motivos que provocaron la inundación, además de otros que ayudaban a entender cómo se originó, y presentando una serie de propuestas que sugerían soluciones. Respecto a esto he de decir que, la sociedad civil organizada colectivamente tiene mucho que decirle a los políticos sobre la gestión de los bienes comunes y el cuidado del territorio. Es importante la participación ciudadana en los asuntos que le atañen. Y en este caso fue ejemplar. Un grupo de vecinos organizados, diseñando propuestas y/o soluciones para el suelo que pisan y del que son los mejores conocedores.

Conocían la orografía que caracteriza las sierras del sur peninsular, en general, y el caso de Adra especialmente. Es terreno que se caracteriza por fuertes pendientes, zonas escarpadas, suelo poco firme y pedregoso, con tierra suelta y propensa a desprendimientos, con escasa cubierta vegetal y suelo sometido a un fuerte proceso de erosión y de desertización. Su relieve es muy desgastado con pendientes, a veces elevadas. La red de drenaje que forman, tanto ramblas, como barrancos y ríos, o caudales subterráneos debe realizar su función natural, pero resulta harto difícil, con las actuaciones sobre el territorio que se han venido haciendo. Y es que la planificación de actuaciones agrícolas o urbanas sobre el territorio deben considerar toda la casuística que se da en las cuencas.

En el caso de la inundación provocada en la desembocadura del río Adra concurrieron estas circunstancias (son las que analizaron desde la Plataforma abderitana):

  • Abandono de tierras roturadas en laderas.
  • Roturaciones para construcción de invernaderos y caminos o pistas, que dejan mucha tierra suelta.
  • Cubiertas de plástico en los invernaderos, que evitan filtración al suelo y concentran el agua de lluvia caída sobre la superficie del invernadero, en determinados puntos de descarga.
  • Desviación y ocupación de las riberas o las mismas ramblas y/o barrancos.
  • Uso de las ramblas y barrancos como vertederos agrícolas o de otros residuos.
  • Encauzamiento de ramblas y actuaciones parecidas, que aumentan la velocidad del agua incrementando su efecto torrencial.

Por el interior del pueblo de Adra discurren varias ramblas con sus cuencas vertientes. El suelo urbano y de invernadero suponen la extensión mayoritaria de dichas cuencas. Eso es grave teniendo en cuenta que en dicho tipo de suelos (urbano e invernadero) los pluviales provocados por la lluvia no se filtran en su mayoría al subsuelo, sino que resbalan por superficies poco o nada permeables directamente a las ramblas que, además, en sus tramos finales, están asfaltadas, agravando el problema en cuanto a escorrentía.

La consecuencia es un incremento significativo del volumen y la velocidad del agua que acogen, intensificando la torrencialidad provocada por un exceso de lluvia. En el caso que nos ocupa, el suelo urbano se había incrementado en casi el doble de su superficie durante los últimos 50 años, el sustrato natural, sumando el monte con los cultivos a cielo abierto, se había reducido a la mitad, a favor de los invernaderos.

La citada Plataforma Abderitana proponía una serie de medidas en base a lo aprendido de esta inundación de 2015 en su municipio: 1. Elaboración de normativa sobre ordenación del suelo agrícola de todo el municipio que contemplase la recogida de aguas pluviales, indicando especialmente las especificaciones necesarias respecto a los invernaderos de las cuencas de las ramblas que discurren por el interior del casco urbano de Adra, con recogida rigurosa de pluviales de sus techos, con objeto de limitar su volumen, velocidad y torrencialidad.

  1. Limitar la construcción de nuevos invernaderos en dichas cuencas cumpliendo la normativa, así como adecuar los que ya están construidos, para minimizar sus impactos.
  2. Realizar una exhaustiva y cuidadosa limpieza de restos agrícolas y plásticos, y mantenerla, en dichas ramblas en toda su cuenca.
  3. Deslinde sistemático del dominio público hidráulico de las mencionadas ramblas con objeto de evitar invasiones de sus cauces por particulares.
  4. Restauración ecológica de las laderas de las cuencas de dichas ramblas con objeto de que la vegetación autóctona frene la entrada de pluviales al cauce.
  5. Eliminación de obstáculos para el agua.

Campos de plástico, peligro de inundación.

El caudal, es función de las características de la precipitación y del terreno. Como los invernaderos ha modificado los trazados de los cauces, derivando caudales hacia vertientes y áreas distintas de lo que ocurría en el pasado, pueden sustraerse o sumarse caudales nuevos a los caudales habituales, provocando cambios en los tiempos de aparición de los momentos punta.

Los caudales generados tras la implantación de los invernaderos son hasta 4,25 veces superiores a los calculados para las situaciones precedentes. Por tanto, el riesgo de inundaciones proviene de la imposibilidad que tienen los cauces principales de drenar los grandes volúmenes de agua y sedimentos en terrenos así ocupados, anegando las llanuras de inundación con caudales desbordados muy superiores a los de antaño, arrasando instalaciones y viviendas que se han extendido masivamente por la zona, situándose dentro de los cauces de avenida.

Los procesos de erosión grave y denudación del suelo están contribuyendo a la desertificación progresiva de la cuenca. Se calcula que ésta provoca la pérdida de unas 200 toneladas de suelo por kilómetro cuadrado al año, y una pérdida de agua por evapotranspiración en torno al 60 %, poniendo en peligro la riqueza y biodiversidad, así como a la sostenibilidad de los asentamientos humanos. Entre la problemática ambiental que acompaña esto, destacan los desmontes para la construcción de invernaderos, y ocupación del cauce por los mismos, las obras de encauzamiento –que han destruido buena parte de sus valores ambientales-, limpiezas ilegales con maquinaria pesada del cauce, que han removido y destruido el lecho y la vegetación por parte de propietarios, agricultores y alguna comunidad de regantes, así como la gran cantidad y variedad de vertidos –sobre todo agrícolas que se arrojan a los cauces.

La conclusión de esto es que el mal uso del territorio y la falta de respeto a las zonas inundables, tiene como resultado que el río tienda a recuperar el territorio que le es propio, dibujando sus límites e imponiendo su lógica natural, demostrando la inutilidad de encauzamientos, escolleras, limpiezas, dragados y estrechamientos artificiales de cauces. Y, sin embargo, continúa la sinrazón de quien sigue obteniendo beneficios de la especulación sobre territorios en riesgo permanente. De todo este trabajo de la plataforma me gustaría que se hubiera tomado nota en el municipio. A los políticos les toca hacer su parte.

En este sentido ha sido pésimo el urbanismo de las últimas décadas, que ha ocupado las zonas inundables con viviendas, naves industriales, carreteras, vías de ferrocarril, cámpings o aeropuertos, llegando incluso a cubrir los ríos, convirtiéndolos en alcantarillas para edificar encima. Se pierden cada año millones de toneladas de suelo fértil arrastrado hacia ríos que han perdido sus funciones ecológicas más elementales, después de sufrir obras de dragado, encauzamiento y destrozos varios. Tanto la Directiva de Inundaciones como los documentos de la Comisión Europea abogan por el respeto del territorio fluvial, librándolo de construcciones en la medida de lo posible, lo que reduciría los efectos perniciosos de las inundaciones.

Pero sobre todo hay que renunciar a peligrosos desarrollos urbanísticos y abordar de una vez una planificación del espacio adaptada al riesgo y fundamentada en el principio de precaución.

Artículo publicado en Contrainformación 30 días, 30 opiniones el 18 de septiembre 2019

Las decisiones colectivas por un interés común. Cambio Climático

Carmen Molina Cañadas

Hace pocos días se celebraba El Día Mundial de la Población, que cada 11 de julio conmemora que en 1987 la población mundial llegó a los cinco mil millones de personas. En 2050 seremos (si no pasa nada antes) 10.000 millones, un 30% más que ahora y el doble que a comienzos de siglo. Y siete de cada diez vivirán en núcleos urbanos.

Con esos niveles de población, de porcentaje de la misma que vive en ciudades, y teniendo en cuenta los actuales niveles de urbanización, infraestructuras, agricultura o consumo de energía, se puede determinar qué regiones serán las más amenazadas por necesidades crecientes de alimentos, energéticas o de nuevos espacios urbanos. Hay estudios que concluyen que el desarrollo humano, en las próximas décadas, supondrá el acaparamiento de un 20% de los hábitats naturales que quedan. Así que si en 2050, el 70% de la población vive en núcleos urbanos, y las ciudades se saturan (lo que ya ha sucedido en algunas) sería deseable y se esperaría que, según vaya creciendo la población de los núcleos urbanos, los vayamos haciendo más habitables. Ya hay ciudades encaminadas, pero en cambio otras, en especial las que aún no han visto esos niveles de saturación, se encaminan a un asfixiante abarrotamiento, como si no fuera posible aprender de la experiencia ajena para evitar lo peor, antes de hacerlas invivibles. Y entretanto, los efectos del Cambio Climático poniéndonos frente a la cruda realidad, que muchos no quieren ver.

 

A pesar de que los científicos llevan décadas avisando sobre el cambio climático. A pesar de avances esperanzadores impulsados por la tecnología, para el control de emisiones o captura de lo emitido, el Cambio Climático sigue en marcha y nosotras seguimos pisando el acelerador.

Pisa el acelerador un sistema económico capitalista y neoliberal para el cuál, el CC deja de ser ciencia para convertirse en política. Pero es evidente que, hay efectos innegables que afectan a la economía y a la vida: un océano más ácido, cálido y elevado: sus efectos tienen costes económicos además de ambientales y sociales. Temperaturas a las que no podremos adaptarnos, acumulación de residuos, escasez de agua dulce en amplias zonas, aumentos de los desiertos…

En principio, y para obligar a levantar el pie de ese acelerador que son las desbocadas emisiones, hay que conocer los equilibrios de fuerzas ideológicas e intereses particulares que confrontan en el tablero global donde se dirimen las decisiones importantes. Y la imposición de decisiones que no representan el interés de la mayoría, sino de minorías poderosas que no juegan en pro del interés colectivo. Es lo que tenemos enfrente. Lo que está impidiendo que hagamos caso a Greta Thumberg. Son demasiadas ya, las ocasiones en que determinadas economías, corporaciones o intereses privados consiguen convertir los hechos probados por la comunidad científica en “política opinable”. El sistema se ha venido defendiendo al fomentar la duda sobre el consenso científico acerca del cambio climático, su origen humano y su gravedad. A través de programas de lobbying y relaciones públicas, grandes corporaciones e industrias transmutaron el cambio climático, de certeza científica en cuestión política, y, por lo tanto, polémica, para seguir retrasando lo necesario…Y nos vamos quedando sin tiempo. Y además agravando las condiciones con cada decisión de política neoliberal.

La comunidad internacional, a partir de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992, y el Protocolo de Kyoto, en 1997 ha ido adoptando medidas tibias, insuficientes y en muchos casos, inadecuadas, cuando no abiertamente lesivas para nuestro futuro común. Y es que ha jugado un papel desgraciado, la desinformación, que nunca es inocua. Y quitar gravedad a los informes, que periódicamente ha publicado el IPCC.

Desde que Gro Brutland en 1987 coordinó el Informe “Nuestro Futuro Común” y hasta este 2019, han pasado mas de tres décadas y los impactos del cambio climático se han vuelto incuestionables. Los récords se suceden: de temperaturas más altas, de mayores incendios, de huracanes más potentes, de sequías más intensas, lluvias más torrenciales. De desplazamientos masivos.

La realidad ante nuestros ojos nos empieza a abrumar, pero ahora, el tiempo es mucho más escaso.

Hay que decidir colectivamente a través de instituciones internacionales sobre aquello que atañe a nuestro futuro y a cómo lo abordamos. Disponemos para ello de análisis que nos asesoran en procedimientos y mecanismos suficientes para que la toma de decisiones sea adoptada con garantías, con debate, pero sobre todo con urgencia.

Porque hemos estado perdiendo el sentido de la realidad, sumidos en una realidad filtrada por un sistema que está poniendo en peligro nuestra vida, nuestro planeta, nuestro futuro. El desprecio de los hechos, el desplazamiento de la razón por parte de la emoción y la corrosión del lenguaje devaluan la verdad. Un ejemplo de cómo los populismos encuentran un buen abono para explotar las emociones podría ser este: A Europa llegan millones de personas que, hasta hace unos años, tenían vidas muy parecidas a las nuestras. Han aparecido en las fronteras del rico norte, aluviones de refugiados que nos hacen conscientes de cuán frágil es la presunta seguridad de nuestras vidas. La inmigración nos provoca ansiedad. Al margen de los sentimientos solidarios o no que despiertan, que también. Y es que también se cierne sobre nosotras el miedo a perderlo todo, latente, por la creciente precariedad de la vida occidental. Ya no son solo los desdichados allende nuestras fronteras que se desplazan buscando lugares donde mejorar sus vidas; es la incertidumbre de un porvenir plagado de eventos que no podemos prever o controlar. Y cuando ves a miles de refugiados que acampan en una estación de tren europea, te das cuenta de que sus pesadillas son realidades que puedes ver y tocar. Y que te cuentan lo que puede acontecer pronto también en este “primer mundo”.

Con el Cambio Climático no hay mucho margen para los errores de cálculo, ir hacia adelante y además con prisas, que la emergencia apremia. Si el horizonte estuviera más lejano y nos permitiera modular las decisiones, tal vez nos faltaría audacia. Pero la realidad es la que es. Y la realidad va acompañada de obstáculos. El terreno y reglas de juego lo marcan quienes tienen el poder y se oponen a la transición, aunque a ellos también les apremia la misma crisis climática, ecológica y de sistema. Siempre es duro el cambio, y dura será la transición necesaria porque no nos hemos preparado. Solo con mucha gente colaborando podremos hacer cambios. Los que son necesarios. Con templanza, audacia, empatía, creatividad, ternura, y saber vivir en la incertidumbre. Aprenderemos sin duda más de los errores que de los aciertos, pero no podemos permanecer inmóviles porque no tengamos certezas.

La utopía puede consistir en minimizar la distopía que se nos ha echado encima, o intentar eliminarla. Pero la vida es crisis continua a la búsqueda de equilibrio.

 

Artículo publicado originalmente el 17 de julio de 2019 en ContraInformación

¿Calentamiento Global? ¿Cambio Climático? ¿Desequilibrio climático? ¿De qué hablamos y qué podemos hacer?

La lucha contra el cambio climático es una emergencia global que no admite excusas. Es alentador comprobar que los jóvenes, -principales sufridores de las consecuencias futuras-, se han puesto en marcha para interpelarnos. Siempre hubo huracanes, grandes borrascas, sequías y otros fenómenos climáticos, pero es un hecho constatable que cada vez son más frecuentes e intensos.

La principal causa de este cambio o desequilibrio son las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la actividad humana.

Los datos del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) son concluyentes respecto a lo que está sucediendo con el clima global: los fenómenos atmosféricos extremos se correlacionan con la temperatura de la superficie del mar en los océanos, que han capturado el 90% del calor adicional producido en los últimos 50 años. Tenemos la obligación de reducir los efectos potenciales de ese calentamiento. Abordar medidas para la mitigación y para la adaptación, lo que implica actuar para minimizar los efectos que empezamos a sufrir. Eso supone la reducción de las concentraciones de gases de efecto invernadero, preferiblemente mediante la reducción de sus fuentes. Pero no se están tomando medidas para lograr una reducción significativa. En muchas regiones del Hemisferio Sur se da por sentado un incremento de temperaturas excesivo.

En países como España, asumiendo el cumplimiento del Acuerdo de París, supondría, en cualquier caso, un aumento en torno a los 4ºC, con terribles consecuencias, ya anticipadas científicamente, para el sector agrícola y las poblaciones costeras, por la subida del nivel del mar.

No hay un Acuerdo Internacional de cómo gestionar la capacidad de carga de la biosfera, de absorber los residuos de nuestra actividad industrial. Lo de París fue un acuerdo de mínimos y no va a tener trascendencia en el control de emisiones.

Hoy existen más refugiados por causas climáticas que por guerras: según datos de Naciones Unidas hay más de 20 millones de personas desplazadas por desastres ecológicos. Los que quieren seguir pensando que son fenómenos naturales quizá no sepan que, en muchos de esos focos de emigración, por ejemplo, en África, sus habitantes llevaban siglos viviendo en durísimas condiciones climatológicas y sabían afrontarlo. Los desplazamientos son algo nuevo y en muchos casos tienen que ver con las políticas de los Gobiernos, favorecedoras de las grandes Multinacionales y de los monocultivos y sobreexplotación de recursos. Acaparan tierras, pero, más dramático aún, acaparan agua en muchos sitios donde ya de por sí escasean y obligan a sus moradores a desplazarse. En ese sentido el Brasil de Bolsonaro nos sirve de triste ejemplo. Lo primero que ha hecho al llegar al poder ha sido desproteger los territorios del acoso de grandes corporaciones madereras, ganaderas o extractivistas en general.

El cambio de paradigma necesario requiere actuar en distintos frentes:

Movilidad global, ordenación del territorio, sobre todo en los crecimientos urbanísticos desproporcionados que generan mayor necesidad de desplazamientos; Gestión hídrica y cierre del ciclo natural del agua. Recuperación de sistemas de protección naturales en nuestro litoral, que eviten las consecuencias de tener buena parte de nuestra costa encementada; mantenimiento de zonas forestales en condiciones óptimas que eviten o minimicen los incendios forestales que cada vez afectan con más intensidad y a mayores extensiones.

Desafortunadamente la mayoría de los medios de mitigación parecen efectivos para prevenir calentamiento adicional, no para revertir el calentamiento existente. Y eso es preocupante. Medidas como: reducir la demanda de bienes y servicios que producen altas emisiones, incrementar la eficiencia, el uso y desarrollo de tecnologías de bajo nivel de CO2 e ir sustituyendo los combustibles fósiles. Incrementar la eficiencia energética de los vehículos, dando mayor peso en el transporte terrestre al ferrocarril y al transporte colectivo. Se precisan cambios en los estilos de vida y en las prácticas de negocios. Así como en el planeamiento urbano, que también debería servir para reducir la expansión descontrolada de las ciudades y con ello, reducir los km viajados, minimizando las emisiones del transporte.

La planificación urbana tiene un efecto evidente sobre el consumo de energía. El uso ineficiente de la tierra, muchas veces tierra fértil escasa, para los desarrollos urbanísticos, más allá de las necesidades reales, y basándolo en la especulación, ha aumentado los costes de infraestructura, así como la cantidad de energía necesaria para el transporte, los servicios comunitarios y en edificios. Se podrían reducir los consumos energéticos considerablemente a través del uso más compacto y mezclado de los patrones del suelo.

El parque urbanístico construido a toda velocidad en los años de la burbuja, no ha cumplido los estándares adecuados desde el punto de vista de eficiencia energética y aprovechamiento pasivo de energía, y, para colmo, la especulación ha impedido cubrir las necesidades de vivienda de la población. Se necesita mejorar la eficiencia energética del parque edificatorio y facilitar el derecho a disfrutar de viviendas en condiciones dignas.

Una grave derivada tiene que ver con la especulación en el litoral. La invasión urbanística del espacio costero y llanuras de inundación ante fenómenos cada vez más fuertes hace también a las poblaciones litorales más vulnerables a sus efectos.

Otro grave problema es el imparable proceso de desertificación donde concurren diversos factores que se van sumando para empeorar la situación: la pésima gestión del ciclo del agua, sobre todo por el elevado peso de la que se destina a regadíos y asimismo la falta de protección a lugares de especial relevancia y valor natural, como el emblemático PN de Doñana, con su especialmente vulnerable y frágil marisma, de extraordinaria importancia como lugar de paso, cría e invernada para miles de aves. Porque también cumplen las marismas importantes funciones, como la de amortiguar y minimizar las corrientes marinas cuando hay mucho viento o tormentas, y esa es una función fundamental en relación a la protección del litoral frente al cambio climático, que no siempre se considera, cuando se le da vía libre a procesos de encementado del litoral.

A lo anterior hay que agregar la acelerada subida del nivel del mar, que además es cada vez más rápida: desde los 1,2 mm año del periodo 1901 a 1990 a los 3,4 mm anuales de los últimos años, que además en el litoral malagueño llega a ser de 9 mm/año. Este incremento del nivel del mar se suma al producido por el oleaje amplificando la zona inundada por el mar.

La conclusión es clara: es urgente tomar medidas contra el cambio climático, de mitigación y de adaptación.

En 2017, la que fue secretaria general del Convenio Mundial contra el Cambio Climático, Christiana Figueres, publicaba en la revista ‘Nature’ un manifiesto en el que advertía que nos quedaban tres años para cambiar la actual tendencia en materia de cambio climático y comenzar a reducir las emisiones. O sea, para 2020 debían estar en marcha medidas ambiciosas. Planteaba el desarrollo de una hoja de ruta de 6 puntos en sectores concretos que nos permitieran alcanzar ese objetivo.

El sector de la producción de energía es clave: el ambicioso objetivo era alcanzar con energías renovables para el año 2020 un 35% de la producción energética global. En materia de transporte vehículo eléctrico eficiente, pero mejor aún, ferrocarril movido por electricidad procedente de renovables. Detener totalmente la destrucción de las selvas y bosques tropicales, hoy tan amenazados. Y aquí tenemos pendiente buscar soluciones a los graves problemas de nuestras masas forestales, como la seca del alcornocal y mal estado de encinares y pinares, o frenar la expansión de eucaliptales que promueven empresas como ENCE para pasta de papel. Fundamental detener la degradación de los suelos. Las soluciones están ahí, y hay que ponerlas en marcha.

La lucha contra el cambio climático es una emergencia global que ya no admite excusas. Aceleremos las actuaciones necesarias. Los jóvenes y el futuro lo están demandando.

 

Entrada publicada en Blog Ecologismo de Emergencia el 15/03/2019